sábado, 15 de abril de 2017

Reseña Calabazas en el trastero 22: Dark Space Opera


De entre todos los géneros de la ciencia ficción la space opera, con su mezcla de aventuras, futurismo y fantasía, es el más atractivo para el escritor medio. No requiere un nivel de conocimientos de física o astronomía altos y admite casi cualquier enfoque, desde los tonos alegres de la ciencia ficción para niños hasta la paleta más oscura del terror, la distopía o el survival. Y es en esta zona de tinieblas donde discurre el presente volumen de Calabazas en el trastero, el 22 ya. Producto de una convocatoria masiva (¡171 relatos a concurso!)  los trece presentes son una buena muestra de la variedad de estilos y planteamientos que el género permite.

Comencemos el viaje con una portada obra de María Delgado Prieto, con un aire a aquellos comics de género de los años ochenta y noventa muy apropiado. El prólogo de Erica Gómez Gris redondea la introducción  con un ensayo  de lo más interesante sobre el género que nos ocupa  y que nos prepara para los trece relatos que se desgranan a continuación.

¿Preparados? ¡Hiperespacio!
Nuestro primer salto nos ha llevado a Amanecer Galáctico, de Victor Villanueva Garrido, una historia a dos niveles. El primero de ellos, en un futuro lejano, discurre en las entrañas de la nave que da nombre al texto, donde la humanidad lucha por sobrevivir. El otro texto tiene lugar en el presente, donde el doctor Jiménez, hosco y amargado, persigue su sueño. Ambas historias fluyen hacia una convergencia previsible pero muy bien contada, de modo que el resultado final es muy positivo. Un comienzo excelente.

Con La ofrenda, de José Luis Alonso, descendemos a la superficie de un planeta misterioso, donde los tripulantes de una empresa de mensajería espacial se ven enfrentados a un misterio muy superior a sus fuerzas. Los ambientes están muy logrados y la empatía con el puñado de antihéroes hace que el relato se lea a velocidad de vértigo, descubriendo el secreto del planeta y otros aun más terribles y, no obstante, más próximos. Un magnífico cuento, dotado de un estilo dinámico y bien medido, con cambios de registro adecuados a cada momento y un final donde el cinismo se adueña del texto.

Salomé Guadalupe Ingelmo me gana rápidamente al homenajear a unas de las firmas seminales de la ciencia ficción patria: Tomás Salvador. Este prolífico autor palentino, afincado en Barcelona, fue el creador de uno de los personajes más querido de mis lecturas infantiles y juveniles: Marsuf. Uno de los relatos de las aventuras de este vagabundo espacial, borrachín, pendenciero, noble y poeta, hacía referencia a una flor maravillosa, una especie que exigió de Marsuf un sacrificio que le llevó a un final feliz. En La octava pasajera, Salomé Guadalupe Ingelmo retuerce la historia recordándonos que este es un volumen dark y nos brinda un relato in crescendo, oscuro y  subyugante, de corte clásico y estilo pulcro. Hay algún problemilla con expresiones científicas (lo que se refleja en el texto no son tropismos, son nastias) de índole menor. Con un final bello y terrible, el relato es una muestra excelente del género.

En Zona de silencio, del mexicano Ramón Antonio Suárez Moreno, visitamos un nuevo planeta y hallamos una nueva forma de vida extraterrestre. Me choca que un capitán de nave con una tripulación levantisca acceda a visitar solo el planeta mientras sus subordinados aguardan en la relativa seguridad de la nave. Obviando este detalle, el relato es ágil y los personajes están bien definidos, pues cargan con el peso de la narración mediante diálogos dinámicos y definitorios de su personalidad. Un pequeño epílogo cierra adecuadamente un cuento muy divertido de leer.

 Distopía pura y dura es el mundo que nos muestra Miguel Chamizo en Alcatraz 2057. La descripción “histórica” de cómo se creó el planeta que da origen al texto es uno de los puntos fuertes del relato, un universo donde se podrían integrar este y mil relatos más. Cuando llegamos al meollo del asunto encontramos a la última remesa de presos rumbo a Alcatraz. Los personajes son arquetípicos pero están bien construidos y son los vehículos ideales de un texto que comienza siendo una historia y termina siendo otra muy diferente, y esa sorpresa es lo mejor.

Salto hiperespacial hacia una relato completamente diferente. En Un siglo de polvo, Ana Nieto Morillo  avanza de acierto en acierto, comenzando por el propio título. La idea de un exorcismo en  el siglo XXIII es otra y el modo de hacerlo es francamente bueno, mezclando elementos tradicionales con otros marcadamente futuristas. El resultado es un relato que habla de algunas de las constantes vitales del alma humana: la rebeldía, la clemencia, la antipatía, la lógica o el conformismo disfrazado de prudencia. Seguir a Isaac en su enfrentamiento con un demonio, ¡nada menos que Abraxas!, me ha resultado de lo más satisfactorio. Un muy buen relato de una autora destinada a crecer aun más.

Javier Fernández Bilbao es un autor que difícilmente defrauda y Letal dinámica de comportamiento  desde luego no lo hace. De nuevo un viaje de exploración y de nuevo un mundo salvajemente hostil. Narrado en primera persona, el autor logra que nuestros sentimientos hacia el protagonista fluctúen de un extremo a otro mientras este desgrana sus vivencias y sentimientos mezclados con observaciones de tipo científico. Un ritmo creciente  desde un inicio tranquilo (incluso demasiado) y  culmina en un final acertadísimo.  De lo mejor de la antología.

Llegamos a Legado, otro relato distópico que incluye un imperio terrible frente al que luchan los descendientes de la humanidad. Juan Miguel Gutiérrez de la Solana. Una tripulación acosada se refugia en un planeta donde descubren el legado de una humanidad tecnológicamente avanzada. El planteamiento me recuerda a otro cuento de Tomás Salvador protagonizado por Marsuf, pero no puedo confirmar el homenaje. La prosa, dinámica y con chispazos humorísticos, fluye ligera hacia un final sorprendente.

Juan Ángel Laguna Edroso hace bueno el adagio hay otros mundos pero están en este con El último vuelo de la  Ícaro. En esta fábula terrible y muy breve, se cuenta con una prosa que delata oficio y mimo a partes iguales, y nos hace testigos como de cómo de un mundo de miseria, de trabajos precarios y desahucios surge un universo de héroes sin tacha, de naves singulares y maravillosas y de planetas misteriosos. Pero la realidad todo lo traga, y este universo infantil no va a ser una excepción. Excelente.

Y llegamos a El trabajo de Elsa Ward. La tradición dicta que el  reseñador no reseña su obra. Y no vamos a romper la tradición.

Marta Tordera  desarrolla toda un universo en Nunca regresaré a Tebas, destacando las esfinges seres de proporciones cósmicas  que suponen una amenaza de iguales proporciones para la humanidad. Y frente a ellos los enigs, los cazadores de esfinges, dispuestos a un desigual duelo a la vez matemático y psicológico. La profusión de detalles y términos en un texto de reducidas proporciones hace que, en alguna ocasión te saquen de la lectura, pero el conjunto es un bello relato, impregnado de un lirismo envidiable. Muy recomendable.

El penúltimo relato, Planeta arquetipo de Pablo Loperena, nos lleva de nuevo a la exploración planetaria, esta vez desde la voz de una nave espacial. Paradójico, experimental y con un lenguaje cargado de tecnicismos (con algunos errores, me temo) que dotan al relato de su particular ambiente fosco. Una historia que nos habla de sentimientos y la singularidad de los seres vivos, dge un modo arriesgado pero acertado.
Cierra la trilogía el conmovedor relato de José Manuel González Aguilera Una idea ridícula. Conmovedor digo en el mejor sentido de la palabra, pues nos hallamos ante una hermosa historia de fidelidad, de anhelos perseguido y no siempre conseguidos, de la abnegación y la complicidad. Algo más de tres páginas son suficientes para esta joyita, que cierra de manera estupenda una interesante antología. Mi implicación personal hace que no pueda ser más vehemente...

...¡Un momento! ¡Este es mi blog! ¡Puedo ser lo vehemente que quiera! Pues os diré que difícilmente quedareis defraudados por esta variada y divertida colección de historias espaciales. Se leen a velocidad hiperespacial y los niveles de satisfacción irán más allá de la Nebulosa de Orión.

lunes, 20 de marzo de 2017

El oro de Kosakia

Como alguno sabréis he estado participando en el certamen literario "V Homenaje al Polidori" con tres relatos. No, no he sido seleccionado, perded cuidado.
El caso es que en el dialogo posterior con otros participantes (lo mejor del Polidori) surgió un comentario sobre los cosacos en la II Guerra Mundial y su final en Lienz. Yo dije a Francisco Torpeyvago (obviamente, un nick erróneo) que se podía contar una historia y de ahí surgió un duelo literario. A 1000 palabras, genero fosco, sin piedad. Muy cosaco ;-)



Aquí tenéis el duelo original, con los relatos de 1040 y 1038 palabras. Además mi admirado Francisco (por cierto, él si seleccionado) lo publicó en su blog, que os recomiendo. Para dejarlo un poco más legible (solo un poco) he escrito una versión un poco más larga (1133) que os dejo aquí.


EL ORO DE KOSAKIA

Un relato de Jesús Ayuso

Ramsey Withworth aguardaba el momento propicio. Había escuchado a los la cháchara aburrida de los parroquianos del “Café de gli Alpini” con fingido interés. Aquellos palurdos se habían tragado su historia sobre su idea de escribir un libro acerca de Italia en la Segunda   Guerra Mundial.
Impasible, había escuchado a Beppo contar, achispado por la grappa, sus vivencias con la  “Folgore” en Libia; aguantado con estoicismo las lágrimas de Massimo relatando las largas marchas en retirada por la estepa rusa y la inocente confesión de Carlo acerca de su rendición  en Sicilia. El tedio y las copas eran el precio a pagar para acceder al dueño del local.
Julio Bertoldi  frotaba los vasos quedo. Nunca hablaba de la guerra y lo único que recordaba la misma era un sable cosaco colgado tras la barra, entre los retratos de Fausto Coppi  y Gino Bartali.
-Bonito sable, ¿es auténtico? –preguntó el británico con aire distraído.
-Si – respondió, taciturno, el tabernero.
-Recuerdo de familia, ¿eh, Julio? –dijo Beppo Spada, con la lengua suelta por el licor. Julio hizo un gesto con la boca que pretendía ser una sonrisa.
Withworth hizo como que no había oído el comentario y prosiguió.
-Aquí en Carnia hubo cosacos, ¿no es así? Debían ser terribles.
-Todos los que pasaron aquí eran terribles: alemanes, cosacos, americanos, británicos… dale a un hombre un arma, un uniforme e impunidad y tendrás un salvaje. También nosotros lo éramos –atajó Julio -. ¿Usted  hizo la guerra signore Withworth?
-La hice como oficial de estado mayor –respondió Withworth.
- ¡Un maldito emboscado! – gruñó Massimo, a quien los días de frío el muñón de su brazo izquierdo le recordaba que los restos de su mano y su hombría reposaban en un lugar sin nombre de la llanura ucraniana.
-Carlo, llévate a Massimo a casa –indicó Julio con aplomo -. Ya ha se ha hecho muy tarde y la Fiorella estará preocupada.
El interpelado recogió su gorrilla, se la caló y tomó a Massimo Gotti  del brazo. Los cristales de la puerta de entrada vibraron un tanto al cerrarse la puerta. Una campanilla puso un alegre contrapunto.
-Los cosacos… ¡qué tíos! –volvió a la carga Beppo-. No decían ni pio y ya te amedrentaban. A mí no, claro. Porque yo era de los suyos, ¿eh? Los alemanes les trajeron y,¡zas!, los partisanos dejaron de asomar el hocico.
-Beppo Spada, estás hablando más de la cuenta –advirtió el dueño del café. En ese momento una voz femenina llamó desde la cocina. Julio miró fijamente a Beppo y entró.
-¿Qué mosca le ha picado? –preguntó el inglés.
-Julio está casado con una rusa, la hija de un cosaco -farfulló el aludido, que añadió con tono aguardentoso -. ¿Le he contado cuando estuve en El Alamein? Al 187 nos habían mandado a…
-¡Beppo, Beppo! –cortó Withworth sirviendo otra copa al italiano -. Hablábamos de los cosacos…
-El bar está cerrado –dijo una voz tras él. Era el tabernero, cuyo rostro parecía más impenetrable que nunca. Señalando con el pulgar la salida, se dirigió al parlanchín veterano.- A casa, ahora.
El veterano pagó su consumición y abandonó la sala entre trompicones. Julio tomó una botella de Campari y dos vasos, los colocó en una mesa e invitó con un gesto a sentarse al presunto escritor. Este se sentó receloso y, a la par, expectante.
Julio sirvió el licor y aguardo sin mediar palabra a que la puerta  de atrás sonara. Entonces  dijo:
-¿Qué busca aquí? Y no me diga que un libro de italianos en la guerra porque no me lo trago.
Withworth decidió jugar fuerte.
-A usted. Quiero conocer su relación con los cosacos.
-Mi mujer es hija de cosacos. Nada más.
-Escuche Bertoldi, todavía hay una orden para devolver a la Unión Soviética a  traidores cosacos. Como su mujer, si es que no llegamos a un acuerdo.
-Supongo que es a esto a lo que se refieren los ingleses cuando utilizan el término fairplay –respondió el italiano con sarcasmo.
-No, es a lo que llamamos match point –dijo el otro, sintiéndose  vencedor.
-Ya me tiene. ¿Y ahora?
-Y ahora, el oro por supuesto. Los cosacos saquearon media Europa. Cuando les mandamos a Lienz apenas traían una décima parte consigo. Esas riquezas se quedaron aquí.
-Eso es una leyenda.
-A la que me va a llevar – dijo Ramsey Withworth mientras sacaba una pistola Browning de la chaqueta.
Julio sonrió. Miró por la ventana.
-Saldremos al amanecer.
-No intente nada raro –advirtió el inglés.
                                                    *****
El camino trepaba y trepaba, mientras la niebla envolvía los Alpes. Julio caminaba con paso firme, ignorando la amenaza de un arma encañonándole. Tras una hora de mutismo, el italiano empezó a hablar:
-Les prometieron una tierra, ¿sabe? La iban a llamar Kosakia. Una promesa rota. Otra más. No la peor.
-Limítese a guiarme –dijo el escritor.
-Los cosacos son un pueblo salvaje, ingenuo diría yo. Se les engaña fácilmente. Los alemanes se aprovecharon de su feroz anticomunismo y los trajeron aquí en su retirada. Pero los cosacos se creyeron lo de Kosakia.
-No necesito lecciones de historia –resopló el inglés, al que caminar cuesta arriba estaba pasando factura.
-De acuerdo Collins.
Withworth se quedó de piedra al oírse llamar por su verdadero nombre.
-¿Cómo sabe…?
-Una nueva mentira. Otra más. No la peor – dijo el italiano, que tras una breve pausa añadió-. Usted es Jack Collins. En la guerra sirvió en una unidad de ocupación en Austria. Como oficial al mando de una  que custodiaba a los cosacos, desarmados y derrotados. Usted mintió y mintió hasta lograr saber el paradero del oro. Ya sabía que serían entregados y les mentía sobre su futuro.
Withworth o, mejor dicho, Collins, pestañeó con gesto de estupor.
-Usted dirigió uno de los destacamentos que a empellones, culatazos y disparos, entregó a los soviéticos. Sabía de su destino. La deportación, el frío, la muerte – el italiano hablaba pausadamente, como dictando sentencia -. Murieron por miles. Algunos se inmolaron allí, otros suplicaron que dejasen escapar a sus hijos. Con frialdad extrema ustedes ignoraron esas súplicas.
-¡Eran aliados de los nazis!
-Le voy a presentar a alguien –dijo Julio, ignorando la excusa.

De la niebla surgió una figura gris, incorpórea, montada en un caballo fantasmal. Translucido, el uniforme de cosacos del Terek.
-Este es el Yesaul Artyom Timonfayev. Mi suegro.
Un rostro cadavérico se materializó en la figura brumosa. Collins reconoció los ojos fieros. Un brazo alzó un sable brillante como la luna. A la señal, cientos de figuras espectrales avanzaron.
-¡Corra! –ordenó Julio.
Presa del pánico, el antiguo oficial y verdugo corrió mientras escuchó con horror el grito de guerra cosaco.
Nadie volvió a oír de Ramsey Withworth. Nadie habló de aquella noche nunca, cuando Carlo, Beppo, Massimo... toda Carnia retumbó con el sonido de la última carga cosaca.

lunes, 6 de marzo de 2017

martes, 30 de agosto de 2016

El final del verano

Os dejo un relato, muy propio de este día.

 EL FINAL DEL VERANO

 Era el último día de agosto, una tarde de atasco infinito, de locutor de radio destrozándose la garganta para dar emoción a un partido que no la tenía , de niños peleándose en el asiento de atrás, de abuelos de ojos empañados despidiéndose a la puerta de una casita baja, del último repasito para el examen de mañana y de echar la vista atrás.

 Y atrás quedaba el verano. Con su plena consciencia e inmisericorde del cuerpo, con sus roces familiares, con sus sobremesas infinitas ignorando esa etapa del Tour llana como el aburrimiento, con sus miles de hectáreas ardiendo y sus miles de hectáreas repobladas de chalets adosados, con sus pateras a la deriva llenas de almas igualmente a la deriva, con sus fiestas de Vírgenes de nombre y culto olvidados. Fiestas rituales que te asomaban a la libertad, a la noche, al sexo… fiestas para las que se vivía todo un año.

 El verano se extinguía como si fuera víctima de su propia sequía, fugaz como las Perseidas que saliste a ver y no encontraste pero a cambio encontraste esos labios amantes. El verano se iba y ni los pocos días estivales que septiembre prometía podían paliar el desencanto.

 Y entonces el sol, que ya se ponía, emitió un enorme y terrible resplandor, el guiño gigantesco de un dios irritado. Cegador, duró unos segundos antes de cesar. Nadie pudo contar cuantos porque al terminar, cada ser humano había sido reducido a un montoncito de polvo, unas diminutas escamas blanquecinas testigos de todos los anhelos, las alegrías, los llantos, la ira, los recuerdos, la maldad y la maldad del que un día fue un humano.

 Un minuto antes de la hecatombe, todos los móviles del mundo recibieron un mensaje. Sonaron a la vez todos aquellos dispositivos con sus miles de sonidos programados, que eran el reflejo del alma de su dueño, y la humanidad tembló. El mensaje decía “No diréis que no estabais advertidos.”

domingo, 17 de abril de 2016

Destripando "El lúgubre sonido de los tam tams"

Voy aquí a “hurgar” en mi relato “El lúgubre sonido de los tam-tams”, publicado en el nº 20 de la colección Calabazas en el trastero. Desde aquí animo a participar a cualquier escritor que le guste el género: es una auténtica escuela y un elemento motivador para escribir.

 Al relato le costó brotar, aunque en cuanto vi a “El hombre de madera” supe que África me llamaba. El hombre de madera es una máscara que cuelga en casa de mi madre. De pequeño me daba miedo, así que mis padres me llevaban hasta el y me hacían golpearlo con los nudillos. Con cada toc-toc perdía un poco el miedo y al final le cogí cariño. Y él me inspiró la historia.

En cuanto decidí que África sería el escenario , lo situé en el Congo durante la rebelión simba. Un Congo herido donde el animismo se mezclaba con armas modernas y donde aventureros sin demasiados escrúpulos campaban a sus anchas.

 Cuando escribo una historia suelo escribir de una tirada dos o tres párrafos y luego paro, pienso como continuar y me fijo unos objetivos. Los de “El lúgubre…” eran estos:

 - Quería una estructura “circular”, en que elementos del inicio se repitiesen en el segundo, aunque no especularmente. Ambiente, acciones, frases…hasta "cerrar" el circulo.

- La historia requería un ritmo rápido, incluso frenético. Esperaba lograrlo con referencias temporales (las instrucciones del mayor, la flecha que marca los pisos en el ascensor, etc.), onomatopeyas, referencias a velocidad (los coches, el tono de los diálogos...) 

- Los protagonistas son dos hombres sin escrúpulos. Dos auténticos cabrones ( con perdón). Sin embargo el objetivo era atraer la simpatía del lector primero a uno y luego al otro. Que fuesen mala gente pero que no pudieses evitar una chispa de empatía por ambos.

 - Quería hacer un homenaje a Víctor Mora, el guionista de tantas aventuras de los tebeos Bruguera que luego dibujase un grande del lápiz llamado Ambros. Por eso el hechicero se llama Muviri, nombre que repitió en varias aventuras de “El capitán trueno” y “El corsario de hierro”, ora como brujo malvado ora como héroe idealista.

 - Si podía, esperaba introducir dos palabras “en desuso” : lúgubre, que entró desde el principio, el titulo surgió enseguida (cosa rara en mi) y ominoso, que se coló al escribir el párrafo introductorio (tras la primera revisión).

 Con estas premisas nació el relato “El lúgubre sonido de los tam-tams”. Un cierto tono pulp, una historia a toda velocidad. Tengo el lujo de que un amigo es  mi lector cero, el gran Chema Hernández ,un escritorazo que pronto conoceréis, pero que de momento pule y repule su obra en el anonimato (Chema, tío, ¡escribe algún relato corto y date a conocer al universo! :-D ). Mar Serrano, compañera de trabajo, amiga y también escritora de talento, me dio buenos consejos y acertados comentarios. Todo se encajó y lo mandé con muchas esperanzas.

 Y por fin, la selección y la publicación. Estoy muy contento con el relato, creo que es de lo mejor que he escrito (lo cual, según se mire, es un orgullo o algo vergonzoso). Estas son sus tripas. Comparto antología con escritores que admiro mucho , ¡quién me lo iba a decir!
El hombre de madera estará orgulloso.